Discurso del Presidente del Senado en el acto del Día de la Constitución.

121206_PRESI_CONSTITUCION

Vídeos

06/12/2012

Mi más cordial bienvenida al Senado de España, que este año, por vez primera –y espero que sentando precedente‐, tiene el honor de celebrar esta recepción institucional del Día de la Constitución.

Fue uno de nuestros más lúcidos heterodoxos, José María Blanco White, quien, aun mostrándose crítico con el texto constitucional finalmente aprobado por las Cortes de Cádiz, concluía que, en cualquier caso:

“Tener una Constitución, sea cual fuere, es mejor que no tener ninguna, o tenerla dudosa o casi olvidada.”

Conmemorar hoy el aniversario de la Constitución de 1978, supone también celebrar la culminación histórica de ese camino hacia la libertad, tan azaroso como apasionante, que nuestra Nación empezó a recorrer, hace ahora dos siglos, con la Constitución gaditana.

Y pienso que la afirmación de Blanco White aún mantiene todo su sentido, porque sirve para recordarnos que la Constitución es nuestra mejor defensa frente a los riesgos del abuso de poder, la vulneración arbitraria de nuestros derechos y libertades, y, en definitiva, la ruptura de la concordia civil.

Es decir, la Constitución nos aporta ese marco de seguridad jurídica y garantías democráticas, imprescindible para nuestro bienestar personal y nuestro progreso social.

Por eso viene ahora muy al caso recordar sumariamente todo aquello que los españoles, juntos, hemos conseguido construir en el último tercio de siglo.

Me refiero a la firme consolidación de nuestro espacio de libertades; los sustanciales avances en nuestros niveles de desarrollo; la extensión y mejora de nuestros servicios públicos; el efectivo reconocimiento político de nuestra diversidad territorial; nuestra plena incorporación a Europa…

Nada de eso habría sido posible si en 1978 no hubiéramos sido capaces de superar los lastres del pasado, aparcar las diferencias y mirar hacia el futuro para acordar nuestro pacto constitucional.

Cierto es que la España de 2012 es muy distinta de la de 1978. Y por eso cabe que nos interroguemos sobre el grado de vigencia de la Norma Fundamental que nos dimos a nosotros mismos hace ya 34 años.

Evidentemente, carece de sentido que a nuestra Constitución le pidamos remedios instantáneos a todos nuestros problemas, porque no hay texto constitucional en el mundo que pueda hacer eso.

Más bien, la pregunta que deberíamos hacernos es si la Constitución de 1978, en sus líneas esenciales, nos brinda –nos sigue brindando‐ las referencias y los medios necesarios para dar respuesta eficaz a los problemas y las necesidades que hoy se nos plantean.

Y la respuesta es, rotundamente, sí.

Sí, porque los valores superiores de libertad, justicia, igualdad y pluralismo político que consagra son irrenunciables como fundamento del ordenamiento jurídico y la actuación de los poderes públicos.

Sí, porque la Constitución sitúa en el eje de la acción política, como prioridad absoluta, no a las ideas o a las banderas, sino a las personas: es decir, su dignidad, sus derechos y sus oportunidades para desarrollar libre y plenamente sus proyectos de vida.

Y ese es un imperativo que hoy, cuando muchas familias españolas atraviesan serias dificultades, adquiere una dimensión especial.

Salir de la crisis económica, crear las condiciones para volver a crear empleo y garantizar el bienestar social: tal es, como usted bien sabe, señor presidente del Gobierno, la gran tarea que tenemos por delante; una tarea que debe concitar, solidaria, constructivamente, todas las energías de nuestra sociedad.

Por nuestra parte, a los diputados y senadores nos corresponde esforzarnos, más que nunca, para que el Parlamento sirva como caja de resonancia de los problemas reales de los españoles.

Debemos avanzar, más que nunca, en nuestro compromiso de transparencia y apertura a la sociedad, como mejor antídoto frente a los riesgos de la incomprensión y la desconfianza.

Y, más que nunca, nuestro trabajo debe servir para que nadie olvide que, cuando hablamos de democracia, hablamos de democracia parlamentaria; que en el Parlamento está la viga maestra de nuestro régimen de libertades; y que, por tanto, su legitimación social es fundamental para la estabilidad de todo el edificio.

Señor presidente, señoras y señores:

Estamos en el Senado, nuestra Cámara de representación territorial, y por ello no quisiera dejar de referirme a nuestro modelo autonómico.

Hoy es también un buen día para afirmar que el Estado de las Autonomías es uno de los mayores logros de nuestra andadura constitucional.

Y creo, por tanto, que sería un enorme error que los actuales problemas de nuestras cuentas públicas nos llevaran a olvidarlo, poniendo en duda su viabilidad o pensando que de su ruptura puede obtenerse algún rédito.

Porque no es así, en ningún caso.

Además de para reconocer y proteger nuestra intrínseca diversidad cultural y lingüística, el Estado de las Autonomías ha contribuido decisivamente a la mejora de la calidad de nuestros servicios públicos y a su mayor cercanía a los ciudadanos.

No existe ningún país en el mundo cuyo modelo territorial, llámese como se llame, sea perfecto. El nuestro tampoco lo es. Pero, gracias precisamente a su versatilidad, a su falta de rigidez, tiene la ventaja de ser perfectible.

La experiencia nos demuestra que todos los avances en nuestro sistema autonómico han llegado siempre por la vía del diálogo y el acuerdo político. Por el contrario, todas sus tensiones han estado regularmente asociadas a la falta de acuerdo y a la quiebra de consensos.

Debemos, pues, elegir el buen camino para seguir avanzando. Y hacerlo con determinación y con generosidad.

Determinación para abordar las reformas que doten a nuestro modelo territorial de una mayor racionalidad, eficiencia y eficacia al servicio de los ciudadanos de toda España.

Y generosidad para obviar las fracturas y las facturas; para acabar de fraguar, por fin, un modelo en el que los diferentes sentimientos identitarios puedan conciliarse solidariamente con un leal sentimiento compartido de unidad.

Quiero apelar en este día a la capacidad de diálogo y a la altura de miras de todos los partidos políticos, para el logro de este gran objetivo nacional.

Y me gustaría que este empeño también se extendiera a la reforma de una institución que tiene mucho que aportar al funcionamiento armónico de nuestro modelo de Estado.

Me refiero, como ustedes podrán adivinar con facilidad, al Senado de España, de cuya reforma lleva hablándose prácticamente desde que se aprobó la Constitución y sobre la que hemos vuelto a trabajar en esta legislatura.

Solicito, pues, el apoyo constructivo de todas las fuerzas parlamentarias para este propósito.

Mientras tanto, creo que puedo hablar en nombre de todos los senadores y senadoras, si digo que nuestro compromiso va a seguir siendo el mismo que esta Cámara no ha dejado de mantener, ni un solo día, desde 1978 hasta hoy: cumplir, leal y eficazmente, nuestras funciones constitucionales como representantes democráticos de los ciudadanos.

Señor presidente, señoras y señores:

Antes de ceder la palabra al presidente del Congreso de los Diputados, quisiera rendir homenaje a todos los españoles que, en el transcurso de muchas generaciones, con sus esfuerzos y sus sacrificios, hicieron posible el gran éxito histórico de nuestra Constitución.

No es, sin embargo, nuestra Norma Fundamental un eco del pasado, no es ningún código petrificado, no es una obra concluida. Bien al contrario, se trata de un pacto vivo, al servicio de una sociedad viva.

La Constitución, se puede y se debe seguir desarrollando; de hecho, aún tiene mucho margen para ello. Y también puede reformarse: lo hemos hecho y podemos volver a hacerlo, siempre mediante los procedimientos previstos al efecto.

De un modo u otro, por encima de divergencias o dificultades, lo esencial es que merece la pena seguir trabajando día a día por nuestra Constitución.

Merece la pena seguir defendiendo sus principios y valores.

Merece la pena salvaguardar su espíritu de concordia: el que nos anima a dialogar para superar los conflictos; a preferir el acuerdo a la confrontación; a impulsar reformas en vez de fracturas.

Unidos, todos los españoles alcanzamos la senda de la democracia y el progreso. Unidos, es como podremos seguir avanzando por ella.

Muchas gracias.