Palabras del Presidente del Senado en la apertura del acto conmemorativo del 40º aniversario de las Elecciones del 15 de junio de 1977 (Congreso de los Diputados)

Me cabe el honor de participar en este acto con el que la Asociación de Ex Diputados y Ex Senadores de las Cortes Generales se suma a la conmemoración del Cuadragésimo aniversario de las Elecciones del 15 de junio de 1977.

 

Y debo decir, para ser sincero, que no es ésta una tarea fácil. No, porque en la mañana de hoy, se van a escuchar los testimonios y las reflexiones de cuatro personalidades históricas –en el mejor sentido de la palabra- de la talla de Landelino Lavilla, Alfonso Guerra, Rodolfo Martín Villa y Juan José Laborda.

 

Por los decisivos acontecimientos que entonces tuvieron lugar, sucediéndose con un ritmo vertiginoso, 1977 fue un año decisivo, trascendental, para la historia de España. Trascendental, porque, en definitiva, posibilitó la Transición política hacia el sistema democrático del que hoy disfrutamos.

 

Y afirmar esto supone una absoluta obviedad para quienes hoy nos hallamos en esta Sala Campoamor del Congreso de los Diputados. Tan obvio como lo es también para las generaciones de españoles que fueron testigos y partícipes directos de aquella época.


Sin embargo, ya no lo es tanto para los millones de españoles nacidos desde entonces: para todos aquellos que, sí, han oído o leído muchas cosas sobre la Transición; que, de un modo más o menos aproximado, comprenden su dimensión histórica.

 

Pero que, al haber vivido siempre al abrigo de un régimen de libertades y garantías democráticas, al carecer de una experiencia directa de lo que supone la ausencia de democracia, no pueden ser tan conscientes del inmenso valor de aquello que, hace ahora cuatro décadas, logramos poner en marcha los españoles de aquel entonces.

 

Pienso, por eso, que todas las conmemoraciones que este año estamos haciendo de los diversos acontecimientos del 77, cobran valor y sentido al entenderlas, no como un simple ejercicio de memoria o de nostalgia, sino como un mirar brevemente atrás para recordar de dónde venimos; entender cómo hemos llegado hasta donde estamos ahora; y, sobre todo, orientarnos por el buen camino que hemos de seguir recorriendo para conquistar el futuro y no dar pasos hacia atrás.

 

Aprender de la historia: algo tan sensato, en teoría, como difícil de hacer, en la práctica.

 

En esencia, creo que ese fue el hilo conductor de la Transición: ser capaces, por fin, de aprender de nuestros errores del pasado para no volver a caer en ellos y relegarlos así, definitivamente, a los libros de historia.

 

Lo que perseguíamos en 1977 -y lo que empezamos a lograr entonces- fue darle solución al llamado (mal llamado) problema de España, demostrando al mundo y a nosotros mismos que no éramos ninguna singularidad pintoresca, que todo aquello por lo que habíamos empezado a luchar en Cádiz era posible.

 

No queríamos inventar la pólvora, ni llevar a cabo ningún designio histórico. Simplemente, queríamos dotarnos de las instituciones y de las reglas de juego democráticas existentes en el mundo occidental, queríamos ocupar el lugar que creíamos que, en justicia, nos correspondía.

 

En definitiva, deseábamos, de una vez por todas, sentar en nuestro país unas bases sólidas para la estabilidad y el despliegue de la democracia parlamentaria, liberal y social.

 

No era una tarea ni mucho menos fácil. Pero lo que nos dio ánimo e inteligencia para crear un espacio político de consenso entre fuerzas antaño irreconciliables, fue la voluntad común de superar definitivamente el estigma guerracivilista.

 

Comprendimos que se nos abría la gran oportunidad de acabar con el fantasma de nuestra supuesta ingobernabilidad democrática, y de enterrar para siempre la esquizofrenia política de las dos Españas.

 

Del mismo modo, supimos también entender que la creación de un marco estable de convivencia pasaba, necesariamente, por asumir con normalidad, e incorporar a nuestra organización política, la realidad incontestable de la diversidad cultural y lingüística de España.

 

De las elecciones del 15 de junio de 1977 resultaron las Cortes Generales que, apenas año y medio después, aprobaron la Constitución que hoy sigue siendo marco y garantía de nuestros derechos y libertades, y base de nuestro sistema democrático.

 

Y no quisiera dejar pasar esta ocasión de hoy sin expresar un emotivo recuerdo de quienes, tan brillantemente, ostentaron la presidencia de cada Cámara en aquella legislatura constituyente: Fernando Álvarez de Miranda y Antonio Fontán.

 

Aquellas elecciones del 77 se realizaron en unas condiciones de libertad y de pluralismo por las que pocos hubieran apostado apenas un año antes.

 

A fecha de hoy, cuarenta años después, me parece importante enfatizar que, cuando recordamos aquel día o cualquiera de los acontecimientos de 1977, no estamos refiriéndonos a mitos, en los que pueda creerse o no, sino a verdades de hecho.

 

Hechos que, por supuesto, son susceptibles de análisis en los que caben todas las perspectivas. Pero en los que, en ningún caso, es tolerable la falta de rigor ni, mucho menos, el burdo negacionismo.

 

Por supuesto, cada cual es muy libre de realizar los juicios de valor que estime oportunos. Pero me parece que poner en duda el valor de la Transición, es tanto como poner en duda el valor de aquello que la Transición hizo posible; es decir, nuestro vigente sistema democrático parlamentario.

 

Y asimismo, hay que decir que lo que pasó no fue fruto ni de la casualidad, ni de la necesidad, sino de la voluntad. Una voluntad manifiesta en el ansia de democracia de una sociedad madura; en el sentido de la responsabilidad de sus representantes políticos; y en la firme determinación de sus máximos líderes, el Rey Don Juan Carlos y Adolfo Suárez.

 

Aquello salió bien porque se supo hacer bien. Y me parece muy didáctico recordar eso como ejemplo de que, en política, los mejores resultados suelen obtenerse combinando, en sus justas proporciones, buena intención, inteligencia y sentido de la realidad.

 

Y eso vale para todas la épocas. Así que, por mucho que haya cambiado el mundo en las últimas cuatro décadas, sigue siendo un consejo de plena actualidad.

 

Como, de modo similar, es también actual y pertinente a las circunstancias de hoy, refrescar en la memoria colectiva esas poderosas razones que nos impulsaron a construir la democracia en nuestro país.

 

Concluyo. Dije antes que ningún determinismo histórico nos abocó inevitablemente, hace cuarenta años, al triunfo de la democracia.

Por la misma razón, tampoco está escrito que nuestra democracia tenga definitivamente garantizada su pervivencia.

 

Por eso la actividad política practicada con respeto a la pluralidad y con sentido de lealtad al interés general, sigue siendo lo que mejor puede ayudarnos a proteger y reforzar nuestro sistema de derechos y libertades.

 

Y me parece, pues, que el mejor modo de concluir este acto es reivindicar el valor fundamental de la representación parlamentaria para la salud del sistema democrático.

 

No estaríamos hoy aquí, si no fuera porque los diputados y senadores elegidos aquel 15 de junio de 1977 supieron cumplir acertadamente con su obligación. Como también lo hicieron la gran mayoría de los que vinieron después.

 

Por tanto, me gustaría aprovechar esta conmemoración para renovar públicamente el homenaje y el agradecimiento que se merecen. Y decirles que su compromiso nos sirve como referencia y como recordatorio de nuestros deberes a los parlamentarios que hoy estamos en activo.

 

Muchas gracias.