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El Congreso de los Diputados y el Senado están disueltos desde el 5 de marzo de 2019. Se volverán a constituir el 21 de mayo de 2019. 

Palabras del Presidente del Senado en el Acto Conmemorativo del 60 Aniversario de la firma de los Tratados de Roma (Congreso de los Diputados)

Sra. Presidenta del Congreso de los Diputados; Sr. Ministro de Asuntos Exteriores; Sr. Comisario Europeo; Sr, Vicepresidente del Parlamento Europeo; Sr. Embajador; Autoridades; Sras. y Sres.,

 

Estamos recordando el sexagésimo aniversario de la firma de los Tratados de Roma, el punto de arranque del proyecto político europeo, un proyecto que hoy, pese a todos los problemas por los que atravesamos, es una firme realidad para 500 millones de ciudadanos.

 

Echamos la vista atrás para rememorar nuestros orígenes comunes, los de los países signatarios de los Tratados del año 57 y también los de todos aquellos otros países que, como España, fuimos después adhiriéndonos, paulatinamente.

 

Por acuciantes que nos parezcan las dificultades del presente, detenerse un momento a recordar de dónde venimos no es una pérdida de tiempo. Todo lo contrario. Nos sirve para apreciar lo mucho que, juntos, los europeos hemos progresado. Y, sobre todo, nos ayuda a relativizar la dimensión de nuestros problemas de hoy.

 

Porque –recordémoslo-, hace sesenta años, Europa aún estaba recuperándose de un ciclo devastador de dos guerras mundiales que la llevaron al borde de la extinción.

 

La gran diferencia entre hoy y ayer es que mientras que, hace seis décadas, estábamos saliendo, a duras penas, del peor momento de nuestra Historia, ahora, aunque el futuro nos inquiete, nos encontramos en una posición que es consecuencia directa de la mejor etapa de nuestra Historia, la iniciada con los Tratados de Roma.

 

Los europeos de este 2017 somos herederos de un patrimonio de valor incalculable: un patrimonio de libertad, solidaridad y progreso, erigido sobre la sangre, el sudor y las lágrimas de nuestros antepasados.

 

Y que, si pese a todo fructificó, fue gracias a la inteligencia de aquellas grandes figuras políticas, los padres del proyecto europeo, que, en un momento crítico, supieron leer en el pasado para construir el futuro.

 

Un patrimonio, el europeo, basado en el valor absoluto de los derechos humanos, en la democracia parlamentaria y en el Estado de derecho.

 

Ciertamente, son valores dotados de una vocación universal y, por tanto, no exclusivamente europeos. Pero no es menos verdad que son los valores que todos los europeos compartimos, que nos aglutinan y nos identifican frente al mundo.

 

 

Y que para nosotros son, y deben seguir siendo, sin excepción, innegociables. Porque especular con ellos supondría, lisa y llanamente, poner en marcha la cuenta atrás hacia nuestra propia disolución.

 

Nuestro proyecto de convivencia en paz y prosperidad, es un proyecto abierto a todo aquel que comparta lealmente nuestros valores. Y, por la misma razón, no obliga a nadie a permanecer en él contra su voluntad.

 

Vamos en un tándem del que cualquiera –ya lo hemos visto- puede bajarse cuando lo desee. Pero en el que nadie, si se queda, puede permanecer en actitud pasiva o indiferente. Porque la inercia nunca es suficiente para conservar todo lo conseguido. Al contrario: afrontamos cuestas, y todos debemos levantarnos del sillín y dar pedales.

 

A nuestra actual Europa, la de los 27, no nos queda más alternativa que seguir avanzando por la senda de la integración política. Tendremos que adaptar el ritmo a las circunstancias del momento, qué remedio, pero jamás podremos detenernos, porque entonces nos iremos irremediablemente al suelo.

 

Y quiero subrayar, en este punto, que España sigue firmemente comprometida con la Unión Europea. La gran mayoría de nuestra sociedad y, consiguientemente, de las fuerzas políticas del arco parlamentario, siguen creyendo en el proyecto europeo como baluarte de la democracia y como motor de progreso.

 

Hoy, ante los grandes retos y desafíos de nuestro mundo globalizado, no hay peor camino que el de fragmentarse en individualismos nacionalistas o dejarse seducir por falsas soluciones mágicas.

 

Ningún Estado miembro de la Unión, sea cual sea su extensión, su población o su PIB; ninguno, sea del norte o del sur, del este o del oeste, puede aislarse sin pagar por ello un alto precio en pérdida de peso político y económico en el mundo.

 

Ante las amenazas que hoy se ciernen sobre nuestra seguridad, como el terrorismo fundamentalista; ante problemas acuciantes, como el de los movimientos migratorios; o ante desafíos de alcance global como el del cambio climático, la sostenibilidad de las fuentes de energía o la adaptación a las nuevas realidades económicas…

 

Ante todo eso, los representantes políticos europeos estamos obligados a coordinar respuestas eficaces, audaces incluso, pero sin que ello comporte, en modo alguno, un menoscabo de los valores fundamentales que son nuestra seña de identidad.

 

El bienestar de nuestros ciudadanos, desde la solidaridad y sin margen para ningún tipo de exclusión, debe seguir siendo nuestra referencia prioritaria.

 

Hemos de seguir construyendo una Europa concebida por y para los ciudadanos.

 

Una Europa que suscite tanta ilusión como la que hoy nos han demostrado los jóvenes que esta tarde nos acompañan.

 

Una Europa inclusiva, marco y referencia de derechos y libertades.

 

Una Europa que jamás deje de aspirar a la erradicación de cualquier forma de discriminación injusta.

 

Una Europa fuerte, que no pierda el lugar que le corresponde en el actual mundo multipolar.

 

Y una Europa unida pero, al mismo tiempo, orgullosa de su gran diversidad interna, de todas las identidades nacionales, históricas y culturales que conviven en su seno y se enriquecen mutuamente.

 

Esa Europa que empezó, hace ahora sesenta años, en Roma, como un sueño, y a la que hoy rendimos homenaje como una compleja, pero apasionante realidad que nos exige no desfallecer y dar lo mejor de nosotros mismos.

 

Muchas gracias.