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El Congreso de los Diputados y el Senado están disueltos desde el 5 de marzo de 2019. Se volverán a constituir el 21 de mayo de 2019. 

Palabras del Presidente del Senado en el Acto de Traspaso de la Presidencia de la Conferencia de Asambleas Legislativas Regionales Europeas (Parlamento de Andalucía)

Sra. Presidenta de la Junta de Andalucía; Sr. Presidente del Parlamento andaluz; Sr. Presidente del Consejo Regional de la Lombardía; Autoridades; Sras. y Sres.,

Como no podría ser de otro modo, quisiera que mis primeras palabras fueran para expresar públicamente, en nombre del Senado de España, mi enhorabuena al Presidente del Parlamento de Andalucía, D. Juan Pablo Durán, por su elección como presidente de la Conferencia de Asambleas Legislativas Regionales Europeas.

 

Y quiero también desearle, por supuesto, los mayores éxitos en el ejercicio de su mandato, que ahora comienza.

 

De igual manera, mi felicitación también al Presidente del Consejo Regional de la Lombardía, D. Raffaele Cattaneo, por su labor en su periodo de presidencia de la CALRE.

 

Para mí constituye todo un honor participar en este acto, en representación del Senado de España, nuestra Cámara de representación territorial.

 

Desde mi primer día en la presidencia del Senado, tuve perfectamente claro que, entre mis prioridades, iba a estar la de reforzar y profundizar, en todo lo posible, los vínculos institucionales y la colaboración entre nuestra Cámara Alta y los Parlamentos de las Comunidades Autónomas.


Y he de decir que en la COPREPA, el órgano de cooperación multilateral que integra a los presidentes de nuestros Parlamentos autonómicos, siempre he encontrado la mayor receptividad para poder llevar a cabo ese objetivo.

 

Así, a lo largo de estos últimos años, hemos ido manteniendo un contacto fluido, gracias al cual he tenido la oportunidad de estar presente en varias reuniones de su plenario, que incluso, en algunas ocasiones, se han celebrado en el propio Senado.

 

Y, además, hemos podido organizar alguna sesión de trabajo conjunto, como la que dedicamos monográficamente a la aplicación de la Ley de Transparencia en nuestras cámaras parlamentarias, hace un par de años.

 

Del mismo modo, también recuerdo que tuve la ocasión de estar presente en la inauguración de la reunión plenaria de la CALRE, celebrada en noviembre de 2012, en Mérida, cuando su presidencia recayó en el presidente de la Asamblea de Extremadura.

 

Por tanto, puedo decir que me siento muy satisfecho de esta excelente colaboración y mi deseo es que, en el futuro, podamos seguir manteniéndola y potenciarla.

 

Sras. y Sres.,

 

Cuando hoy día hablamos de Europa, del proyecto político europeo, es imposible que lo hagamos sin expresar preocupación.

 

En este año en el que conmemoramos el sexagésimo aniversario de la firma del Tratado de Roma, es lógico que hagamos un repaso de estas seis décadas de historia de la Unión Europea. Y creo que es un ejercicio muy recomendable, puesto que sirve para recordarnos lo mucho que hemos avanzado desde 1957 hasta ahora.

 

Hemos progresado, evidentemente, en términos geográficos y demográficos, con una Europa mucho más amplia y extendida hacia el este de una manera impensable, no ya, en 1957, sino incluso treinta años después de aquella fecha.

 

Hemos dado grandes pasos en materia de unión económica y monetaria.

 

Hemos multiplicado enormemente la arquitectura institucional de la Unión.

 

Y hemos también avanzado, aunque bastante menos, en el apartado de la unión política.

 

El camino recorrido nunca ha sido fácil: se han alternado periodos de dudas con otros de resolución; y también se han experimentado bastantes momentos de crisis, crisis que se han ido resolviendo del mejor modo posible y han permitido dar grandes pasos adelante, fundamentalmente porque estaban relacionadas con la construcción europea.

 

Sin embargo, las dificultades a las que hoy nos enfrentamos carecen de precedentes por su dimensión y complejidad.

 

Y, sobre todo, porque no están asociadas con el crecimiento de la Unión, sino, por vez primera en su historia, con todo lo contrario: con la salida de uno de sus Estados miembros, uno de los principales, además, por su PIB y por su peso demográfico.

 

Hemos de hacer frente a este momento tan delicado para el futuro devenir de la Unión, al mismo tiempo que también debemos demostrar capacidad de respuesta ante una conjunción de problemas de gran calado que, hoy, ocupan el centro de nuestras preocupaciones. Como son:

 

- Los efectos de la crisis financiera, la más grave de las últimas décadas y en el complejo contexto de la globalización.

 

- Las defensa contra las amenazas a nuestra seguridad lanzadas desde el terrorismo yihadista, en un momento, además, en el que debemos responder a los retos asociados con la redefinición de un nuevo equilibrio de fuerzas en el escenario global.

 

- O la imperiosa obligación de dar la talla ante crisis tan descarnadas como la de los refugiados, un auténtico drama que no puede afrontarse solo con parches, sino que exige respuestas de alcance y necesariamente solidarias entre todos los Estados europeos.

 

Atravesamos, por tanto, un periodo de incertidumbres y de inseguridades, que, además, tienen el efecto de abonar aún más el malestar ciudadano con sus representantes políticos; y, lo que aún es más preocupante, provocan una creciente desafección con el funcionamiento de las instituciones democráticas.

 

Algo que, como estamos viendo, proporciona el caldo de cultivo idóneo para el resurgir de la anti política encarnada por movimientos populistas de uno u otro signo.

 

Y que, de forma similar, excita latentes pulsiones nacionalistas e, incluso, xenófobas.

 

Sin embargo, si algo nos enseña la historia es que, del mismo modo que los parapetos proteccionistas jamás sirven para generar riqueza, sino todo lo contrario, tampoco las exaltaciones nacionalistas conducen nunca a nada bueno.

 

Por eso es ahora, con el viento en contra, cuando más necesitamos reivindicar los grandes valores encarnados por el proyecto europeo, cuando más debemos perseverar por la vía del diálogo, la cooperación multilateral y la unidad de acción.

 

No hay más camino hacia el progreso que el de la democracia, la libertad, el valor supremo de los derechos humanos y el imperio de la ley.

 

No hay otro futuro para los europeos que no sea el seguir avanzado hacia una unión política cada vez más estrecha entre nuestros Estados.

 

Somos sin duda, nosotros, los representantes políticos, quienes hemos de liderar este empeño. Pero no podemos conseguirlo sin contar con el respaldo y la implicación de nuestros conciudadanos. Porque la gran Europa que queremos seguir construyendo, día a día, no es una Europa de los Estados, sino una Europa de los ciudadanos.

 

Considero que el papel de las asambleas legislativas regionales es de una importancia capital para este propósito: por su gran cercanía a los ciudadanos, y por ser encarnación de la rica diversidad regional de Europa, una diversidad conciliable con la identidad de sus valores y de sus aspiraciones de paz y prosperidad.

 

Europa debe superar los problemas que hoy le urgen, pero sin perder por ello la perspectiva de largo alcance. Esa que, por ejemplo, nos hace ver que debemos ser la vanguardia en el desarrollo de un modelo de crecimiento, inteligente, sostenible y socialmente inclusivo.

 

Un modelo, por tanto, equilibrado y armónico en todo el territorio de la Unión. Y siempre orientado por esos grandes ejes de actuación estratégica que son la política de cohesión comunitaria; la aplicación del principio de subsidiariedad; y el desarrollo, en la dirección abierta por el Tratado de Lisboa, de una gobernanza multinivel, con un mayor peso político de las regiones europeas.

 

En este sentido, me parece pertinente recordar aquí que uno de los acuerdos adoptados en la Conferencia de Presidentes Autonómicos, que tuvo lugar el pasado 17 de enero en el Senado, se refirió, precisamente, al desarrollo de la participación de las Comunidades Autónomas españolas en los asuntos de la Unión Europea.

 

Quisiera concluir mi intervención, destacando la gran importancia de la labor llevada a cabo por la CALRE. Una labor de acercamiento y cooperación institucional que cobra un valor especial en estos tiempos en que tan perentorio resulta, por un lado, recuperar la confianza ciudadana en la democracia representativa; y, al mismo tiempo, por otro, contrarrestar las tendencias aislacionistas y centrífugas que hoy amenazan el proyecto de construcción europea.

Sin duda alguna, este año en el que, además de la firma del Tratado de Roma, conmemoramos también el vigésimo aniversario de la creación de la CALRE, es un momento muy oportuno para este trabajo conjunto de análisis y búsqueda de propuestas.

 

Estoy seguro de que la reunión prevista, dentro de unos meses, en Oviedo, con motivo de esta conmemoración, proporcionará una ocasión excelente para avanzar en este sentido.

 

Yo así lo deseo y, por descontado, aprovecho para reiterarles, en nombre del Senado de España, nuestra absoluta disposición para colaborar en éste nuestro común anhelo de una Europa fuerte y unida. Muchas gracias.