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14 DICIEMBRE 2017

XII LEGISLATURA

Tensions al jardì, 1984

Albert RÀFOLS-CASAMADA (Barcelona, 1923 - 2009)
- Acrílico sobre tela -
73 x 120 cms

Ràfols se inició en la pintura junto a su padre, que era también pintor. Comenzó los estudios de arquitectura, que pronto abandonaría para dedicarse a la pintura. En 1946 se integra en el grupo Els Vuit. En su obra temprana, de carácter figurativo, se combina la influencia de la tradición catalana del noucentisme, de clásica claridad mediterránea, con un cubismo atemperado.

En 1950 pasa un año en París, gracias a una beca del gobierno francés, estancia que repetirá en 1953-54. Desde mediados de la década de los cincuenta, Ràfols va adentrándose en el terreno de la abstracción, aunque su pintura siempre conservará referencias figurativas. A comienzos de los años sesenta incurre ocasionalmente en lo matérico y desde 1964 incorpora a sus cuadros fragmentos de telas, recortes de periódicos, fotografías, objetos, en collages que se han relacionado con Kurt Schwitters y con Rauschenberg. Esa etapa de la pintura-collage terminará hacia 1970, con un regreso a lo más propiamente pictórico.

Aunque la pintura de Ràfols es abstracta, en sus cuadros persisten vestigios de paisajes y arquitecturas. A veces hay incluso referencias precisas a una hora, a una estación del año, a lugares determinados donde el artista ha vivido. Pero no son en absoluto impresiones directas, sino sensaciones que vuelven al cabo del tiempo, tamizadas y matizadas por la memoria. Su pintura parece construida sobre un armazón lineal, que después queda anegado, sumergido por el océano del color. En esta inundación asoman algunas islas: signos que fueron cosas y ahora flotan ingráficos y borrosos, despojados de toda solidez. En este díptico, por ejemplo, apenas afloran unos cuantos trazos, como ramas de árbol, contra el fondo del cielo o tal vez del agua. Ràfols crea el color-luz sin disimular el color-materia, la sustancia física de los pigmentos. Suele aplicar el color en capas superpuestas y mediante el juego del pincel hace vibrar la superficie con un sensual efecto transparente. (Texto de Guillermo Solana Díez, dentro del libro "El Arte en el Senado", editado por el Senado, Madrid, 1999, pág. 400).