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12 DICIEMBRE 2017

XII LEGISLATURA

Rito insolente, 1983

José Manuel BROTO (Zaragoza, 1949)
- Óleo sobre lienzo -
195 x 160 cms

Broto estudió en la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza y cultivó al principio una pintura encuadrada en la abstracción constructivista. Junto a los pintores Javier Rubio y Gonzalo Tena y el escritor Federico Jiménez Losantos formó un grupo (asociado a la revista Trama), que pronto se trasladó a Barcelona (donde se les sumaría otro pintor importante, Xavier Grau). Por entonces, la pintura de Broto era de un ascetismo extremo, ligado al minimalismo norteamericano (Ryman) y al radicalismo del grupo francés Support-Surface, con su valoración del soporte y los pigmentos en su estado cero. Pero hacia 1979, Broto se aleja de lo blanco y se aventura a la conquista del color. Abandona el acrílico por el óleo, y su pintura evoluciona hacia lo que se ha llamado su impresionismo abstracto, cuyas referencias históricas serían el último Monet, el Philip Guston abstracto o Sam Francis.

En 1982, el artista viaja a Italia. Esa experiencia marcará un cambio que ya se venía preparando: el giro de la pintura de Broto desde la teoría ultramoderna hacia la gran tradición artística europea. En los cuadros inmediatamente posteriores, en apariencia abstractos, afloran motivos y títulos que evocan la experiencia de Italia: Pompeya, la pintura de los primitivos, de Giotto a Piero della Francesca, la arquitectura barroca romana. Proliferan en sus cuadros las ruinas, las columnas, las fuentes monumentales, las ceremonias... A dicha época pertenece Rito insolente. En ella hay signos que pueden aludir al escenario de un templo, ya sea pagano o cristiano. Las pinceladas onduladas en forma de cadeneta que ya eran habituales en la pintura de Broto representan esta vez una pareja de columnas salomónicas, como las del baldaquino de Bernini en la Basílica de San Pedro. Entre esas columnas torsas, en primer término, reconocemos un mueble de patas curvas y aire romano antiguo, que hace de altar, y sobre él, un cordero con las patas atadas y degollado, ofrecido como víctima del sacrificio. Pero el verdadero tema del cuadro es el reencuentro con el placer de la pintura: la pintura fluida, jugosa, que cae literalmente a chorros sobre la superficie de la tela. (Texto de Guillermo Solana Díez, dentro del libro "El Arte en el Senado", editado por el Senado, Madrid, 1999, pág. 438).