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18 DICIEMBRE 2017

XII LEGISLATURA

Paisaje de Castilla, h. 1965

Benjamín PALENCIA (Barrax, Albacete, 1894 - Madrid, 1980)
- Óleo sobre lienzo -
65 x 81 cms

Como su amigo Pancho Cossío, Benjamín Palencia hizo de puente entre las vanguardias europeas y la renovación interior de la pintura española. El joven Palencia frecuentó los ambientes intelectuales madrileños, donde conoció a Dalí, Lorca, Bores... En 1925 participó en la Exposición de Artistas Ibéricos. Parte de los años 1925 a 1927 los pasó en París, donde compartió estudio con Cossío. A su regreso a España, a partir de 1927, persigue, junto al escultor Alberto, una visión del paisaje castellano (filtrado a través del surrealismo) en la experiencia de la "Escuela de Vallecas". En 1928 realiza su primera exposición individual en Madrid y en 1930 expone en el Museo de Arte Moderno. Antes de la guerra, diseña escenografías para el grupo teatral "La Barraca".

Tras la guerra civil, Palencia reanuda su búsqueda del paisaje castellano, y reúne en torno a sí a algunos artistas jóvenes, como Álvaro Delgado, Francisco San José y Carlos Pascual de Lara, en los que se ha llamado la "Segunda Escuela de Vallecas". El resto de su vida lo dedicará al paisaje, entendido en un sentido más tradicional que antes de la guerra. Desde 1939 a 1946, hay en su obra una fase realista y contenida, con colores sordos y severos. Pero en 1947 irrumpe en su pintura un nuevo cromatismo de impronta fauve. Palencia decía: "el color es un ser vivo" y también: "los colores son como fieras que nosotros tenemos que dominar". Ese fierismo se acentúa desde los años sesenta, con amarillos rabiosos, verdes violentos, rojos explosivos.

Así se puede apreciar en este Paisaje de Castilla. El poeta Luis Rosales señaló una vez que Benjamín Palencia había inventado una Castilla nueva, que no era un desierto, sino una región viva. El cuadro responde a un esquema compositivo frecuente en Palencia, que sitúa ante el paisaje, en primer plano, un bodegón o un elemento agigantado en el propio paisaje. Así las amapolas en primer término de este cuadro, como en el proscenio inmediato del espacio. El cielo, que cobra aquí un papel más importante del habitual en Palencia, está hecho con una ruda albañilería, raspando la pintura con la espátula y volviendo a empastarla después. (Texto de Guillermo Solana Díez, dentro del libro "El Arte en el Senado", editado por el Senado, Madrid, 1999, pág. 374).