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16 DICIEMBRE 2017

XII LEGISLATURA

Deux femmes, oiseau, 1976

Joan MIRÓ (Barcelona, 1893 - Palma de Mallorca, Mallorca, 1983)
- Óleo sobre lienzo -
81 x 61 cms

Como decía Eugenio d'Ors, Miró fue capaz de crear, más que ningún otro artista, un cosmos propio. Desde los primeros años de su carrera demostró una sorprendente capacidad para asimilar los lenguajes de las vanguardias artísticas, como el fauvismo y el cubismo, imprimiéndoles un sello personal. Miró se instaló en París en 1920 (ya había estado en la ciudad el año anterior) y pronto se dio a conocer en los círculos de la vanguardia. A través de André Masson entró en contacto con el grupo surrealista, firmó su primer manifiesto y participó en sus exposiciones. Desde mediados de los años veinte, plasmaría en su estilo lineal una iconografía maravillosa, cada vez más esquemática. De la obra de aquellos años brotaría también una doble fuente enormemente fecunda para la pintura abstracta posterior: el automatismo gráfico y el uso de los campos de color dilatados.

El periodo tardío de Miró se abre con su regreso a España en 1940. Entonces crea sus Constelaciones, una serie de luminosos gouaches sobre papel con pequeñas formas dispersas en un espacio mágico, que simbolizan la vida del hombre y la naturaleza, el ámbito terrestre y el cosmos. Pero la inflexión de su obra que más nos interesa se verifica en 1954, cuando viaja (por segunda vez) a los Estados Unidos y conoce la pintura expresionista abstracta, en cuya génesis tanto había influido su propia obra. El componente gestual de la pintura de Pollock y otros repercutió sin duda en Miró. Además, desde 1954 a 1960, se dedica casi exclusivamente a la pintura sobre cerámica, ejecutando grandes murales (como el del edificio de la Unesco en París, de 1955-58, y el de la Universidad de Harvard, de 1960). Todos estos factores tendieron a simplificar la compleja composición de sus cuadros, reduciendo el número de figuras y convirtiendo los finos trazos lineales en brochazos amplios y vigorosos. En Dos mujeres, pájaro reaparecen dos motivos simbólicos persistentes en la iconografía mironiana, pero plasmados con los trazos gruesos, gestuales, y con ese obbligato de los cuatro colores (rojo, amarillo, azul y verde) característico de su evolución tardía. (Texto de Guillermo Solana Díez, dentro del libro "El Arte en el Senado", editado por el Senado, Madrid, 1999, pág. 370).