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21 NOVIEMBRE 2017

XII LEGISLATURA

Educación del príncipe don Juan, 1877

Salvador MARTÍNEZ CUBELLS (Valencia, 1845 - Madrid, 1914)
- Óleo sobre lienzo -
325 x 487 cms

"Obra depositada por el MUSEO NACIONAL DEL PRADO en el Senado"

Esta pintura representa un episodio relativo a los esfuerzos que, como madre, tuvo que realizar Isabel la Católica para educar a su único hijo varón, el príncipe don Juan, en los principios de la liberalidad y el desprendimiento personal: la reina, al saber que "el Príncipe su hijo sería escaso, porque algunos indicios mostraban o daban lugar a tal sospecha, e como prudente e magnánima, pensó qué forma podrá tenerse para librar a su hijo de tal defecto, e enseñarle a ser liberal". Aparece narrado en un larguísimo pasaje del Libro de la Cámara Real del Príncipe don Juan e oficios de su casa, de Gonzalo Fernández de Oviedo, en el que se inspiró el artista. Allí se cuenta, entre otros pormenores que, la reina católica, al ser advertida de que su hijo conservaba sus ropas, indicó a su camarero, Juan de Calatayud: "mirad de que aquí adelante tengais cuidado de que cada año, el postrero día del mes de Junio (que en tal día nació el Príncipe), traigan delante de mí todos los jubones y sayas, e capas, e ropas, e bonetes, e jaeces, e guarniciones de caballos e mulas e hacaneas, e, en fin, todo, todos los atavíos de la persona del Príncipe, ... e traedlo todo asentado en un memorial duplicado e escrito de buena letra"... Venido, pues aquel día, y llevados todos los vestidos delante de la Reina, e inventariados, mandó llamar al Príncipe, e venido ante su madre, tenía la Reina un memorial en la mano y díjole: "Hijo, mi ángel (porque acostumbraba a le llamar mi ángel), los Príncipes no han de ser ropavejeros, ni tener las arcas de Cámara llenas de vestidos de sus personas: de aquí adelante, tal día como hoy, cada año, quiero que delante de mí repartáis todo eso por vuestros criados e los que os sirven e aquellos a quien quisiereis hacer merced. Tomad esta Memoria, e el vuestro escribano de Cámara que ahí está, Diego Cano, tiene otra tal en la mano, e como fuereis leyendo, así en la margen de la otra tal Memoria vaya el escribano escribiendo a quién mandais e quereis que se dé la ropa e sayo e lo que mandareis darle ...e cuando se lo diereis, no se lo digais primero al que lo dais, ni nunca se la zahirais ni hableis despues de ello, ni se os acuerde cosa que diereis, ni olvideis lo que os dieren con que otros os sirvan; porque sois obligados de buena conciencia e como Príncipe agradecido a lo satisfacer e gratificar". Oído esto, el Príncipe besó la mano de la Reina, tomándola el Memorial ... E así el Príncipe se asentó, e dijo: `Tal sayo, e tal capa, e tal gorra, e tal ropa, e tal jubón dese a don Jaime de Portugal...´, etc.

La pintura fue premiada con medalla de primera clase en la Exposición Nacional de 1878, galardón que obtuvo por unanimidad, y figuró, también, en la Universal de París de ese mismo año. En general, obtuvo el aplauso de la crítica, que apreció la adecuada representatividad de la figura de la reina católica: como era costumbre en todas las pinturas del género, aparece con la cabeza cubierta, elemento iconográfico indispensable para su inmediato reconocimiento y, en este caso, con expresión, complacida y satisfecha, que también se consideró la adecuada para el momento elegido. Pero, sobre todo, se valoró la suntuosidad de la escena, donde destacan los brillos de los vestidos y la complejidad de tapices y mobiliario, con un sorprendente efecto global de carácter decorativo. A algún crítico francés, que cita expresamente a Veronés, le recordó la riqueza plástica de la escuela veneciana: en efecto, como hicieron otros pintores coetáneos de la escuela valenciana, Martínez Cubells trata de cautivar al espectador, sobre todo, a través de una ampulosidad cromática y pictórica que tiende a diluir los efectos volumétricos, y donde el armazón compositivo parece perderse. No obstante, esto último es también una influencia del Realismo emergente, percibido, asimismo, en el tratamiento de los objetos y, sobre todo, en el carácter circunstancial del momento representado. En este sentido, uno de los elementos que más sorprendieron a los críticos, no acostumbrados a la ausencia de un inequívoco y grandioso sentido argumental de la pintura, como era habitual en la tradición romántica, fue la ausencia de tensión, del nervio dramático que debía conmover al espectador. Ello les llevó, circunstancialmente, a acusar a la pintura de falta de idealismo y de profundidad. No obstante, no deja de ser cierto que la obra carece de esa rotundidad plástica que sólo poseen los grandes maestros.

El contenido de esta pintura es fruto de una tendencia que la pintura de historia, a pesar de su componente eminentemente romántico, asimila también desde el Realismo: la presentación de los grandes héroes del pasado envueltos en sus preocupaciones cotidianas, similares a las de cualquier otro ser humano. Específicamente, una de estas preocupaciones, que, por otra parte, los pintores más gustaron de representar, fueron las relativas a los papeles familiares y educativos. Con ello no se hacía sino trasladar al pasado uno de los pilares de la sociedad moderna. El papel edificante del género, destinado hasta entonces a ilustrar los grandes ideales patrios, se adaptaba, así, a una función moderna, llena de sentimentalismo, pero también de responsabilidad. (Texto de Carlos Reyero Hermosilla, dentro del libro "El Arte en el Senado", editado por el Senado, Madrid, 1999, págs. 280 y 282).