Ir al Contenido (Presione enter)

21 OCTUBRE 2017

XII LEGISLATURA

Joaquín de EZPELETA ENRILE (La Habana, Cuba, 1788 - Madrid, 1863).

Eduardo BALACA Y CANSECO (1840-1914)
- Óleo sobre lienzo -
100 x 75 cms

El séptimo Presidente del Senado, Joaquín de Ezpeleta, nació en La Habana en 1788 en una familia de ascendencia militar, lo que determinó también su vocación, siguiendo la carrera de las armas desde muy joven. Participó en la Guerra de la Independencia junto con su padre el Virrey de Cataluña. Hecho prisionero por dos veces y llevado a Francia, al terminar la guerra regresó a España reanudando su carrera militar en la que alcanzó los más altos honores. En 1836 ascendió a Teniente General -con cuyos entorchados aparece en el retrato- por los servicios prestados en la primera guerra carlista, siendo nombrado, además, Virrey de Navarra y, posteriormente, en 1838 Capitán General de Cuba.

Joaquín de Ezpeleta, como muchos de los militares del siglo XIX, compaginó la carrera militar y política, mostrándose siempre defensor de Isabel II, llegando a mandar su guardia real. Fue también Procurador en Cortes por Navarra, Consejero de Estado y Ministro de Guerra y de Marina, además de Presidente del Senado en la Legislatura de 1853, por lo que ocupa un lugar en esta Galería de Presidentes.

El autor de este retrato, Eduardo Balaca y Canseco, perteneció a una familia de artistas lo que explica la confusión que existe con su hermano Ricardo que alcanza no sólo a las fechas sino también a las obras. Es más, los cuadros del Senado han sido atribuidos indistintamente a Ricardo y Eduardo, pese a la firma de este último en algunos de ellos, lo que despeja cualquier tipo de duda.

Eduardo Balaca fue un consumado retratista hasta el punto de ser comisionado a Sevilla en 1867 para hacer el retrato oficial de la Infanta María de las Mercedes posteriormente reina de España. Sin embargo, aunque sigue el modelo de sus grandes maestros, como Federico de Madrazo, sus retratos son más bien descriptivos, demasiado rígidos, poco expresivos, sin el atractivo y gracia que caracteriza a las grandes obras. Ya lo supo ver en 1856 uno de los críticos de la Exposición Nacional de ese año al que se hacía alusión al hablar de su retrato de D. Álvaro Gómez Becerra: Los retratos del Sr. Balaca pueden muy bien haber seducido a los personajes que le buscan para retratarse y que han contribuido a su amaneramiento lastimoso; pero estoy seguro que los verdaderamente inteligentes no aplauden su colorido, y la vaguedad de sus tonos, tan semejantes entre sí, pero tan distantes de los buenos maestros. En este caso, además, las dificultades aumentaban por el hecho de tratarse de un retrato póstumo y tener que servirse Balaca de otro retrato anónimo proporcionado por la viuda del Conde de Ezpeleta.